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ALGUNAS PREGUNTAS SOBRE OBJECIONES A LA HERMENEÚTICA CONCILIAR


El comentario, que sigue a este comienzo ,de Mons. Williamson, ha sido visto en Ecce Christianus.  Es una objeción de Mons.Williamson, expuesta en el blog Dinoscopus, a “ la reación de Roma a las discusiones doctrinales que tuvieron lugar desde 2009 hasta la primavera de este año, [por boca] de uno de los cuatro teólogos que tomaron parte en estas discusiones, Monseñor Fernando Ocariz, [el cual] publicó un estudio “Acerca de la adhesión al Concilio Vaticano II”. Como se ve las objeciones son claras y al parecer acertadas. Pero ellas a su vez suscitan otras objeciones o más bien preguntas, que me atrevo a señalar, y de las que me gustaría obtener las respuestas, si ellas caen en manos de quien pueda hacerlo.

Que el Concilio Vaticano II no fué meramente un Concilio Pastoral, como se deduce de los documentos de su convocatoria y de su aprobación, dados por Juan XXIII y PauloVI, respectivamente, se ha tratado en este mismo blog en la entrada ¿CONCILIO VATICANO II MERAMENTE PASTORAL?, y que es algo que se alega como coartada de sus posibles errores por quienes reconociéndolos se niegan a sacar las conclusiones lógicas. Esto es algo [ el que no fue meramente pastoral] que Mons. Ocáriz, haciéndose portavoz oficioso del Vaticano, a la terminación de las discusiones habidas con la FSSP, reconoce, al decir que fue un concilio pastoral y doctrinal, y precisamente pastoral porque fue doctrinal.

Aunque es cierto que la Iglesia cayó, en la crisis arriana,en en manos de una mayoría de obispos heréticos arrianos (algún historiador-William Jurgens- habla de que sólo un tres por ciento de ellos- o quizás un uno por ciento- se mantuvo fiel en la Fe católica) y esto a pesar de lo señalado por Ocáriz, de que los obispos poseen “el carisma de la verdad, la autoridad de Cristo y la luz del Espíritu Santo y que negarlo, es negar algo que pertenece a la esencia misma de la Iglesia”  , pregunto si es verdad que los obispos hicieron esto, como dice Mons.Williamson “siguiendo la herejía arriana bajo el Papa Liberio“. En otras palabras ¿es verdad que el legítimo Papa  San Liberio cayó  en la herejía o a  lo menos la favoreció?. (Véase en este blog el post sobre este tema).

En otro párrafo de su comentario, contestando a Mons.Ocáriz, que afirma que los obispos gozan de la asistencia del Espíritu Santo, le dice que sí es verdad que tuvieron esa asistencia, pero objeta que pudieron muy bien reistirse a ella. Pero yo a mi vez pregunto, si esto. que sin duda es verdad que puede suceder como fue el caso de la crisis arriana, ¿podría suceder en obispos reunidos en un legítimo Concilio, y siendo los autores de documentos no sólo pastorales, sino doctrinales, y dados a la luz pública, como documentos del Magisterio Solemne, como es el caso del Concilio V. II?

Por otra parte a la afirmación de Mons.Ocáriz de que el magisterio solo podría ser explicado y definido en jus justos términos por el mismo magisterio, estoy de acuerdo en la observación que hace  Mons. Williamson de que nos hallaríamos así en el punto de partida, y más bien diría yo, en un bucle “magisterial” del que apenas podría verse el fin de las interpretaciones, a textos que deben ser claros y fácilmente comprendidos por los fieles sin necesidad de hermeneuticas de continuidad, que se prolongan en el tiempo -50 años- en medio de oipiniones dispares y aun contrarias.

Otra objeción que me viene a las mientes es la impresión que causa el escrito de Ocáriz, de caer en un verdadero fideísmo o pietismo protestante (pero que no sería respecto de la Biblia sino del Magisterio), cuando se exige la sumisión de la mente a textos que parecen contradecir el magisterio secular. ¿Tendríamos que renunciar los católicos a la aceptación del Principio de no Contradicción,norma primera del pensamiento, para sostener afirmaciones al parecer contradictorias? Si se necesita una “hermeneútica de la continuidad” ¿no debería ser el mismo papa quien haciendo uso de su “munus docendi” estableciera la correcta interpretación de los textos conciliares, sin dar pábulo a debates interminables, que después de 50 años no tienen  viso de terminar?

COMENTARIOS ELEISON CCXXXI ROMA INSISTE
17 DICIEMBRE, 2011
etiquetas: Dinoscopus

Casi al mismo tiempo que Monseñor Fellay dejaba saber que la FSSPX pedirá esclarecimientos sobre el Preámbulo Doctrinal, la reacción de Roma a las discusiones doctrinales que tuvieron lugar desde 2009 hasta la primavera de este año, uno de los cuatro teólogos que tomaron parte en estas discusiones, Monseñor Fernando Ocariz, publicó un estudio “Acerca de la adhesión al Concilio Vaticano II”. El momento que eligió muestra que todavía no hemos salido del túnel, al contrario! Pero veamos sus argumentos, que al menos son claros.

En su introducción declara que el Concilio “pastoral” fue sin embargo doctrinal. Lo pastoral se basa en la doctrina. Lo pastoral busca salvar las almas, lo que implica doctrina. Los documentos del Concilio contienen mucha doctrina. Bien! El Monseñor al menos no va a esquivar las acusaciones doctrinales presentadas contra el Concilio pretendiendo que no era doctrinal, como lo han hecho muchos defensores del Concilio.

Luego, acerca del Magisterio de la Iglesia en general, dice que el Concilio Vaticano II estaba compuesto de los obispos Católicos que tienen “el carisma de la verdad, la autoridad de Cristo y la luz del Espíritu Santo”. Negarlo, dice, es negar algo que pertenece a la esencia misma de la Iglesia. Pero, Monseñor, ¿que me dice del conjunto de los obispos Católicos que siguieron la herejía Arriana bajo el Papa Liberio? Excepcionalmente, aún la casi unanimidad de los obispos puede desviarse doctrinalmente. Si esto ha ocurrido una vez, puede ocurrir nuevamente. Ocurrió en el Concilio Vaticano II, como lo demuestran sus documentos.

Continúa declarando que las enseñanzas no dogmáticas y no definidas del Concilio requieren, sin embargo, por parte de los Católicos, su asentimiento, llamado “sumisión religiosa de la voluntad y del intelecto”, lo cual es “un acto de obediencia bien enraizado en la confianza en la asistencia divina dada al Magisterio”. Monseñor, tanto a los obispos Arianos como a los Conciliares, no existe duda de que Dios les ofreció toda la asistencia que ellos necesitaban, pero que la rehusaron, como está demostrado en el caso de Vaticano II por la oposición a la Tradición en sus documentos.

Finalmente Monseñor Ocariz supone aquello que debe probar cuando arguye que el Magisterio Católico es continuo y que el Concilio Vaticano II es el Magisterio, luego sus enseñanzas no pueden estar mas que en continuidad con el pasado. Y si aparecen como una ruptura con el pasado, entonces la actitud Católica ha de ser interpretarlos de tal manera que tal ruptura no exista, como lo hace por ejemplo la “hermenéutica de la continuidad” de Benedicto XVI. Pero Monseñor, estos argumentos pueden revertirse. De hecho hay una ruptura doctrinal, como resulta claro al examinar los documentos Conciliares en si mismos. (Por ejemplo, hay (Vaticano II) o no hay (Tradición), un derecho humano que permita propagar el error?). Por consiguiente, el Vaticano II no fue el verdadero Magisterio de la Iglesia y la actitud Católica es mostrar que existe realmente esta ruptura con la Tradición, como lo hizo el Arzobispo Lefebvre, y no pretender que tal ruptura no existe.

Las últimas palabras de Monseñor son para afirmar que sólo el Magisterio puede interpretar el Magisterio. Lo que nos hace volver justo al punto de partida.

Estimados lectores, Roma de ninguna manera ha salido del túnel. Que el Cielo nos ayude.

Kyrie eleison.

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1 respuesta »

  1. Según Mons. Ocáriz, resulta que el Magisterio puede renunciar a su infalibilidad, sin llegar a ser falible. Han suprimido el limbo de los niños, y lo han trasladado al ámbito de las enseñanzas doctrinales, ellas también Ni-Nis: Ni infalibles, ni falibles…diría Perogrullo. Pues en mi pueblo, o lo uno o lo otro…

    Supone además que la infalibilidad es como una prenda de ropa, que se puede poner o quitar a voluntad. Pues no. No está en manos del Papa o del Concilio renunciar a lo que fundamenta su poder de obligar en conciencia a los fieles. Si éstos asienten con mente y voluntad a lo propuesto por sus pastores, es porque saben que los ampara Dios que ni se engaña ni nos engaña. De otro modo ni siquiera la Iglesia podría pretender ligar nuestra conciencia.

    Como la generalidad de los teólogos después de 1870, parece haber olvidado que el Papa no es infalible sólo en sus declaraciones solemnes, sino también en su Magisterio ordinario, así como en otros actos en los que se pone en juego la Fe y el bienestar espiritual de los cristianos.
    Por lo que no existe un Magisterio Pontificio auténtico pero falible.

    El Papa es igualmente infalible bien sea que se exprese mediante una definición solemne, como la de la Inmaculada Concepción de 1854, o bien se exprese en unas Bulas como las de Sixto IV a fines del S. XV.
    Lo que cambia es el valor de obligación de la doctrina expresada: Alguien que negase la Inmaculada Concepción en el s. XV no podía ser declarado hereje, el que negara la definición de 1854, sí.

    En cuanto a los Obispos, nunca son infalibles de por sí, es el Papa el que puntualmente y en algunas raras ocasiones los asocia a ese carisma que él posee como cosa propia, por ejemplo, cuando aprueba las Actas de un Concilio ecuménico. Podría ocurrir que el Papa convocara un Concilio, en su transcurso los obispos se rebelaran contra él no queriendo aceptar sus correcciones; todos caerían en el error, menos el Papa, que se mantendría, sólo, en la verdad.

    Los teólogos dan a veces la impresión de caer en una especie de positivismo, cuando no de rabinismo teológico, en el que solo existirían los textos del Magisterio, sin otra cosa que permitiese interpretarlos rectamente.
    Tenemos todo el Humus de la Tradición y la Escritura, y tenemos las advertencias y condenaciones de todos los Concilios y Papas anteriores. Ellos mismos nos mandan infinitas veces rechazar enérgicamente a los contradictores de sus decretos. Por lo que si en el VII aparecen afirmaciones claramente contradictorias, nuestro deber es rechazarlas, no por opinión subjetiva, sino por obediencia. Es verdad que muchos textos del Concilio son voluntariamente ambiguos, y cuesta más descubrir su discontinuidad con la doctrina católica, pero también lo es que otros textos son claramente revolucionarios. Pero si advertimos que los mismísimos principios rectores de esa asamblea no son católicos, es todo lo demás lo que debe ser rechazado.

    El mismo Ocáriz reconoce que existen novedades. Y lo nuevo se define como lo que antes no existía. Y si no existía, mal puede demostrar continuidad con lo anterior. Menos puede aún si es nuevo precisamente porque lo contradice. En la doctrina católica, no hay generación espontánea. Ni la colegialidad, ni la libertad religiosa, ni la revolución litúrgica pueden reivindicar precedente alguno en 2000 años de historia de la Iglesia. Al revés, fueron condenadas muchas veces.

    Quizás pudiera caber la posibilidad de que el Magisterio enseñara una novedad absoluta, siempre que ésta fuese compatible con la Tradición, por ejemplo, cuando tratase de fecundación in vitro, cosa que las generaciones pasadas ni imaginaron.

    Pero lo que no puede hacer jamás es enseñar algo contrario a esa Tradición y claramente condenado.

    Si ésto ocurriera, el Papa Pablo IV nos ha dado la solución: Los presuntos Pastores han resultado no ser tales, sino usurpadores. Y en el caso del Papa, nunca ha sido legítimo. No hablan en nombre de Dios, sino del Enemigo. La prueba está precisamente en que intentan obligarnos a renunciar al principio de no contradicción, como veíamos al principio. E intentan esclavizar nuestra mente exigiendo una sumisión indebida. Es peor aún que un abuso de autoridad, es demostrar que la han perdido, o que jamás la han tenido.

    El mismo Pablo IV es claro: Debemos rechazar ese falso Magisterio y esas falsas autoridades sin ninguna angustia de conciencia, firmemente asentados en lo enseñado y no susceptible de ser corrompido, hasta que podamos volver a tener verdaderos Papa y obispos, que no podrán sino condenar a los usurpadores.

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