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PARA QUÉ SIRVE EL PAPA


Con éste mismo título, habíamos publicado una entrada anteriormente, únicamente con el enlace que remitía al texto original del célebre y piadoso Mons.Gaume.

El texto lo considero capital para la comprensión de las ideas que sostenemos en el blog acerca del papado, que son las de la entera tradición de la Iglesia, sin las adulteraciones que han sobrevenido con el correr de los tiempos y particularmente en los tiempos inmediatos a los nuestros.

Aunque un poco largo, el post debe leerse entero por su importancia. Más que nunca debería leerse en nuestros tiempos, sobretodo por algunos tradicionalistas, que aunque no lo sepan y proclamen lo contrario, muchas veces se apartan de la genuina comprensión del papado, piedra angular de la Iglesia Católica, o piedra basal y fundamental puesta por el mismo que la fundó y prometió su asistencia hasta el fin del mundo, Nuestro Señor Jesucristo.

La traducción es un regalo de nuestro querido Fray Eusebio. De más está decir que es una traducción magnífica. Algo así sólo lo puede hacer quien domina perfectamente las dos lenguas.(Me he enterado de que la lengua materna de Fray Eusebio es el francés, pero su dominio del español llega a la misma altura que el de su expresión francesa).

Después de haber leído detenidamente el post, me confirmo en mis ideas, que están en perfecta oposición de la teología al uso, que no reconoce el enorme regalo de Cristo a la Humanidad con la institución del papado, a la Iglesia católica de quien es el hontanar de la Verdad, y a cada uno de nosotros en particular.

Mi experiencia es que una vez reconocido el Papado, con sus dotes de infalibilidad, y autoridad suprema, se abren en el alma  perspectivas de Fe católica, esperanza gozosa, y una caridad inflamada a quien nos hizo tal regalo. Lo que comprendieron algunos místicos insignes como San Ignacio, se ofrece ahora a nuestra consideración con este artículo, dejando en el alma un poso de seguridad y AMOR DE LA VERDAD, de la que el Papa es el guardián y la garantía. ¡Gracias Mons. Gaume! ¡Gracias Fray Eusebio por su excelente traducción!

¿De qué sirve el Papa?

Por Mons. Gaume , 1861.

Traducción de Fr. Eusebio de Lugo O.S.H.

La Revolución no se cansa de atacar a la Iglesia, tampoco nosotros debemos cansarnos en defenderla. No se contenta con reproducir los ataques de ayer, sino que cada día los inventa nuevos a la vez que perfecciona los antiguos. A medida que el desenlace se aproxima, la lucha se va simplificando. Según pasa el tiempo, el Santo Padre se convierte cada vez más en el objetivo preferente de la Revolución.

Hace sólo unos días, el Señor.E. Girardin pretendía, en la introducción de un nuevo folleto contra la Santa Sede, que sin el Papa y especialmente sin el Papa-Rey, el mundo no dejaría de ser cristiano; y por lo tanto, que no sería ni menos civilizado ni menos feliz, si el Papa no existiera. En otras palabras, esto supone preguntar para qué sirve el Papa, a la vez que se suscita la correspondiente respuesta: Que Europa es ahora suficientemente fuerte y la civilización lo suficientemente avanzada como para permitirse vivir sin Papa.

Si examinamos de cerca el asunto, encontraremos el mismo error en todos los folletos, discursos o artículos tan típicos de nuestros periódicos revolucionarios, e incluso en las conversaciones de ciertos ambientes. Una opinión muy notoria se va formando en ese sentido. Hasta la gente buena y honesta se deja engañar, hasta el punto de que la seducción de los espíritus se ha convertido en el gran peligro de la hora presente.

El ataque exigía respuesta. Ese ataque era directo, así debe serlo la defensa. El ataque es de ayer, la defensa no debe hacerse esperar.

De aquí las páginas que van a poder leer a continuación.

¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA?

No, esto no es un sueño. Después de 18 siglos de cristianismo, en pleno siglo XIX, siglo, dícese, de progreso y de luces, en las asambleas legislativas, en los salones, en los cafés, en los talleres, en la intimidad del hogar, tanto en los campos como en las ciudades, millones de criaturas bautizadas han llegado a preguntarse, con una seguridad pasmosa: ¿De qué sirve el Papa, y sobre todo, el Papa-Rey?

Formulada en términos más o menos semejantes, preguntémonos, también nosotros, qué significa esa pregunta. Significa que la noción de Papado, tal como lo estableció el mismísimo Hijo de Dios, se va alterando de un modo verdaderamente aterrador. Significa que el Principio, el fundamento mismo de la Iglesia, pasa del estado de doctrina al estado de problema. Significa que ese poder, conservador de las sociedades civilizadas, se ve envuelto, si no en la hostilidad, al menos en la indiferencia, que se ha vuelto endémica entre los cristianos. En cuanto a lo que se da en llamar el mundo, la caída del trono de san Pedro lo preocupa menos que una suspensión de pagos, o que una caída de la Bolsa. Sobre esto, ni un temor de más, ni un baile de menos.

En este descarrilamiento general, sólo diré una palabra en favor del Papa-Pontífice y juntamente en favor del Papa-Rey.

¿Con qué fin? ¿Para impedir la catástrofe? Ya no es tiempo, pareciéndose la vieja Europa a un barco desarbolado, empujado por las furias del huracán, y cerca de hundirse en las cataratas del Niágara.

Entonces, ¿Para qué? Por dos razones en absoluto carentes de gravedad: La primera, para resumir brevemente todo lo que se ha dicho sobre la cuestión pontificia, de modo que las almas rectas puedan recibir en estos días de peligros unas armas fáciles de manejar con total seguridad frente a los sofismas revolucionarios. Y la segunda, con el fin de proyectar un último rayo de luz sobre el abismo sin fondo en el que Europa se sumirá una vez que se haya quedado sin Papa.

II-¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA?

 

    Habría que preguntarse, más bien, de qué NO sirve el Papa. ¿De qué sirve la cabeza sobre los hombros del hombre? Pues lo que es la cabeza para el hombre, esto mismo es el Papa para la Iglesia. Sin cabeza, no puede existir un cuerpo, sin Papa, no puede existir la Iglesia, y sin Iglesia, tampoco puede subsistir el cristianismo.

Veamos: Todos vosotros, gentes cultas e incultas, hombres y mujeres, que discutís la cuestión romana con más frivolidad, y quizás, menos ciencia de la que usaríais acerca de una cuestión de modas o de teatro, impacientes por verla decidida, y que juzgáis que el Papa tarda demasiado en ceder, ¿Comprendéis realmente la importancia de lo que estáis tratando?

No teméis calificar al Pontificado de vieja institución, de la que el mundo puede prescindir sin problemas, mientras motejáis de fanáticos a los que aún la defienden. Poco os importa la caída del trono petrino. A vuestros ojos, no supondría más que una pequeña y pasajera alteración en el equilibrio europeo, una sacudida incapaz de comprometer vuestros intereses, todo lo más, una simple avería, reparable sin mayores gastos. ¿Habéis pensado bien en lo que decís?

Leed la historia. Sin Papa, volveréis al mundo tal como era antes de su aparición. Bajo una u otra forma, tendrá por base la esclavitud, Nerón por Rey, y Satanás por Dios. Libre sois de negarlo. Pero los hechos son los hechos. No lo cambian ni las Luces, ni la civilización, ni la literatura, ni los periodistas, ni alguna de las otras pretensiones que se nos oponen: Entre el hombre y el paganismo con su cortejo de vergüenzas y de crímenes, la historia jamás ha conocido, ni conoce otra barrera, sino el Papa. Con él desaparece lo que impide los crímenes paganos no menos que las vergüenzas paganas.

Mirad un mapamundi: Sin Papa, aún tendríais al mundo en el estado en que se encuentra China actualmente, o el Tibet, o la Oceanía. Degradación moral, ignorancia, antropofagia, supersticiones sangrientas. En una cuestión en la que no caben sino dos términos, vanamente buscaríamos un tercero. Entre cristianismo y satanismo, no hay medio. El hombre ha sido creado para adorar. Y si no adora al Verdadero Dios, acaba adorando al falso. Quién no adora al Altísimo, adora al Bajísimo. Quién no adora al Dios Espíritu, adora al Dios materia, dios metal, dios carne, dios vientre, como dice san Pablo, quorum deus venter.

Consulten sus recuerdos: Sin Papa, tendríais el mundo tal y como volvió a ser en 1795: Robespierre en la Convención, Fouquier-Tinville al mando de la Justicia, Simón con su instrumento en la Plaza de la Revolución, Carrier en los exterminios de Nantes, Venus en el altar de Notre-Dame, y la Bastilla en todas partes. A pesar de todos los diplomas de probidad, honor y filantropía atribuidos a nuestro tiempo por sus secuaces, de nada podemos estar seguros salvo de ésto: Sin Papa, no hay cristianismo. Y sin cristianismo, todo lo que se vio antes de su triunfo, puede volverse a ver.

Dijo alguna vez un gran genio: “No hay crimen, cometido por un hombre o un pueblo, que no pueda a su vez ser cometido por otro hombre u otro pueblo, si no se ve ayudado por el Dios que hizo a los pueblos no menos que a los hombres.” Precisamente para impedir el regreso de tan terrible espectro, para eso sirve el Papa.

III – ¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA?

¿De qué sirve el sol en la naturaleza? Pues lo que el sol es para la naturaleza,, lo es el Papa para el mundo civilizado. Ya estoy viendo vuestras manos, señalándome Inglaterra, Rusia, o los Estados Unidos (hoy día desunidos), con aire de triunfo. ¡Pobre triunfo! Vuestra objeción es más que un sinsentido, es un grosero error. La verdad es que las naciones heréticas o  cismáticas, sin excepción alguna, viven por el Papa, mejor, no viven sino por el Papa. Si les tomáis el pulso,.comprobaréis que cada pulsación normal es católica.

A vuestros ojos, ¿Cuál es el elemento que las constituye como naciones cristianas? Sin duda, el elemento cristiano. ¿Y a quién lo deben, ese elemento cristiano? Al Papa, mal que os pese, y sólo a él. Por una parte, es el Papa el que ha enviado los primeros apóstoles del cristianismo. Por otra, todo lo que esas naciones conservan del cristianismo, incluso la Biblia, se lo deben a la Iglesia, por consiguiente al Papa, sin el cual la Iglesia no existiría, y no habría existido jamás.

De ahí se sigue que ningún protestante, ningún cismático, puede hacer un acto de vida cristiana, un acto de fe en la Escritura, sin que a la vez pueda impedirse hacer uno en la necesidad y la infalibilidad del Papa. Todo hombre que dice: “Yo creo en la Biblia, pero no creo en el Papa”, no sabe lo que dice. Se miente a sí mismo y vive en plena inconsecuencia. El día en que ya no le sea posible vivir así, se volverá o ateo, o católico. Mientras tanto, no vive, se contenta con vegetar. Así, el protestante puede negar la personalidad del Papa, pero de grado o de fuerza, se ve forzado a aceptar el principio mismo del Papado. Mejor aún, esa necesidad de Papa, para poder seguir siendo cristiano, se hace sentir de modo tan implacable, que nadie es tan papista como un protestante. El católico no reconoce más que un Papa, el obispo de Roma, desde hace diez y ocho siglos. El protestante no se contenta con tan poca cosa. Tiene  tantos papas como ministros, reyes o reinas; tantos cuantas afirmaciones religiosas realizará en el transcurso del día. Siempre tiene un papa consigo, de hecho, él mismo es su propio papa.

Si la cantidad favorece al protestante, la calidad se inclina resueltamente a favor del católico. El Papa católico no varía nunca. La esencia de los papas protestantes está en variar perpetuamente. Nunca están de acuerdo entre ellos ni consigo mismos. ¿Quieren una prueba? Contemplen las miríadas de sectas en las que han troceado la unidad del dogma cristiano. Hasta el punto de que lo que hoy día quedan como creencias común podría, según la expresión de uno de sus ministros, escribirse sobre la uña del pulgar.

Por su propia naturaleza, ese principio de división tiende al parcelamiento indefinido, ¿Qué le impide llegar a ese extremo? Una vez más, el Papa. ¿Por qué? Porque el Papa es una afirmación, y mientras una afirmación exista, la negación no puede ser completa.

Tened esto por cierto: Sin la acción indirecta de un verdadero Papa en los países protestantes, es decir, sin la influencia permanente de la afirmación católica en el mundo de los bautizados, hace mucho tiempo que los últimos vestigios de verdad cristiana, y con ellos, los últimos elementos de civilización, habrían desaparecido de las naciones heterodoxas.

Se confirma lo dicho: Lo que el sol es para la naturaleza, es el Papa para el mundo cristiano. Como el sol, que incluso cuando desciende por debajo de la línea del horizonte, conserva durante mucho tiempo todavía la luz en el mundo físico, así el Papa, Vicario inmortal de Aquél que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, conserva el cristianismo en todas las partes, católicas o no, del mundo civilizado.

1 Nullum est peccatum quod fecit homo quod non possit facere alter homo, nisi juvetur a Deo a quo factus est homo. S. Aug. Soliloquia.

2 Lo cual es cierto de los pueblos, bajo todos los aspectos, testigos entre otros, las tres lacras de los paises protestantes: El racionalismo, el divorcio y el pauperismo.

IV. ¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA?

¿De qué sirve la clave de bóveda en un edificio? El Papa es esa clave de bóveda del edificio social, que no puede subsistir sin dignidad, libertad, seguridad, ni propiedad.

Conservando el cristianismo, el Papa conserva la dignidad humana. Saber resistir hasta la sangre antes que plegarse ante el error o la injusticia, he aquí lo que constituye la dignidad humana. Esa dignidad, a la que las sociedades deben sus bases, y la humanidad, sus glorias, reposa esencialmente sobre el Papa. ¿Cómo? Porque el sacrificio, incluso el de la misma vida, a favor de la verdad y la justicia, implica el conocimiento cierto, la invencible convicción de la verdad y la justicia.

Semejante certeza exige dos condiciones: La infalibilidad, y la libertad de la palabra, órgano de la verdad y la justicia. Pero sin Papa, no hay infalibilidad. Y sin Papa independiente, tampoco tendremos libertad para la palabra, esa libertad tal como la necesitamos, manifiesta y reconocida, para que pueda mandar creer las verdades de fe de manera creíble.

En vez de ello, ¿Qué tendréis? Tendréis la incertidumbre acerca de la verdad, y la incertidumbre acerca del derecho. Mañana, uno de esos grandes desgarros que llamamos cisma. Y con el cisma, un lúgubre cortejo de divisiones, odios, prevaricaciones, perturbaciones religiosas y sociales, la ruina de la Fe y el desbordamiento  de las costumbres. Por sacerdotes, no tendréis sino funcionarios envilecidos; popes ignorantes, como en Rusia, clergymen casados, como en Inglaterra. Por Iglesia: Una criada, condenada a realizar los oficios más bajos, y teniendo que soportar, sin quejarse, el más abyecto de los desprecios, las peores vergüenzas de la servidumbre.

¿Qué habréis conseguido entonces? El hecho consumado en el lugar del derecho. La infalibilidad usurpada ocupando el lugar de la infalibilidad legítima. Los reyes serán papas. En vez del Símbolo católico, tendréis credos de fabricación humana, firmados Isabel o Nicolás. Ante esos trozos de papel, salidos del gabinete de un déspota, o del tocador de una favorita, tendréis que prosternaros. Bajo pena de muerte, tendréis que besarlos como al mismísimo Evangelio, y con ello, abdicaréis toda dignidad moral.

De tal modo envilecida en lo que tiene de más noble, ¿Qué será de la humanidad? Volverá a ser lo que era antes de que el Papa fuera. ¿Y qué era entonces? Bien lo dijo un pagano: Era un ganado expuesto en la feria, y siempre dispuesto a ofrecerse al mejor postor: Urbem venalem et mature perituram si emptorem invenerit.

¿Y qué será de la sociedad? Lo que es en todas partes en que el Papa no influye: Un enorme zoco en el que todo se vende, porque todo se compra, libertad, honor o conciencia.

¿Y qué advendrá entonces de los hombres más valientes? Que volverán a ser lo que ya fueron en la Roma de los Césares: Criado para todo, abogados capaces de decirlo todo, menos la verdad, prestadores de cualquier juramento, cortesanos igualmente sinceros con Vitelio que con Otón, augusto senado deliberando gravemente sobre la salsa de pescado con que debe ser alimentado su amo.

CONSERVAR LA DIGNIDAD HUMANA, HE AQUÍ PARA LO QUE SIRVE EL PAPA.

V ¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA?

El Papa sirve para conservar la libertad. Ese bien del que el hombre actual se muestra tan celoso, (y del que tiene menos motivos de mostrarse orgulloso). Los deberes de todos son las mejores murallas de la libertad de cada uno. Sin Papa, no hay Iglesia, y sin Iglesia, ¿Quién enseñará los deberes de los Reyes hacia sus pueblos, los deberes de los pueblos hacia sus Reyes; de los padres hacia sus hijos, y de éstos hacia sus padres, de los ricos hacia los pobres, y viceversa, de los fuertes hacia los débiles, y recíprocamente? Nadie. ¿

¿Quién, con autoridad soberana, parará el movimiento de quien quiera ignorarlos? Nadie.

¿Quién, con la misma autoridad, lo reprenderá cuando haya traspasado esos límites, diciéndole: aún cuando fuere el mismísimo emperador: No te es lícito, non licet? Nadie

Con el Papa, caen todas las barreras  protectoras de la libertad. ¿Qué ocupará su lugar? Lo que la humanidad siempre ha tenido antes de tener Papa: Licencia y despotismo.

Escritos con tan peculiar mezcla de barro y sangre, esas dos palabras significan en cualquier lengua y país: Arbitrariedad, insolencia, injusticia, opresión, lágrimas y miseria.

Significan Tiberio, Heliogábalo, Diocleciano, Iván, Enrique VIII, Couthon, Marat, y toda esa dinastía de tigres con corona o sin ella, de los que con razón se ha dicho: “Por nada del mundo, quisiera yo tener tratos con un príncipe ateo; Si éste tuviera interés en que yo fuera machacado en el mortero, estaría bien seguro de que ésa sería mi suerte”

HACER QUE LA DINASTÍA DE LOS TIRANOS NO PUEDA EXISTIR, he aquí para lo que sirve la dinastía de los Papas.

VI ¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA?

   ¿De qué sirve el ejército en las fronteras del reino? ¿De qué sirve el pararrayos sobre el tejado de un edificio? ¿De qué el dique frente al torrente? ¿De qué la muralla para una ciudad?

Ejército, pararrayos, dique y muralla, todo eso es el Papa.

Emperadores y reyes, sabedlo bien, el Papa guarda vuestras fronteras y vuestras coronas.

Pueblos, pequeños o grandes, el Papa guarda vuestras nacionalidades, vuestra autonomía.

Nobles y ricos, el Papa guarda vuestros palacios y vuestras tierras.

Banqueros, empresarios, obreros, el Papa guarda vuestras cajas fuertes, vuestras empresas y vuestras cajas de ahorro.

Labradores y campesinos, el Papa guarda vuestra herencia y vuestras granjas.

Es el Papa y sólo el Papa el que todo esto guarda, Y vais a ver por qué:

Según Udes, ¿Quién protege al mundo frente al robo, la injusticia y el comunismo?

¿La fuerza? No. La fuerza es un instrumento ciego. Defiende o ataca, conserva o despoja según la voluntad de su dueño.

¿Quién pues? ¿El derecho? ¿De dónde viene el derecho? Tiene la misma raíz que la verdad. ¿Por qué? Porque el derecho no es más que la verdad aplicada a la propiedad.

¿Y cuál es la fuente de la verdad? ¿El hombre? Imposible. ¿Quién entonces? Ya lo han adivinado: DIOS.

Y puesto que el derecho tiene su origen, y por ende su regla en Dios mismo, de ahí se sigue que el derecho público, el derecho internacional, el derecho de propiedad, como cualquier otro derecho, es divino. Por lo que sin Papa, el derecho divino se queda sin órgano divino, ni garantía divina. Se ve sustituido por el derecho humano, es decir, por el derecho nuevo.

¿Y qué es este derecho nuevo? Es el derecho del hombre, que se ha declarado a sí mismo su propio Dios, y que toma por regla de sus actos, no la eterna Ley de justicia, sino sus intereses y sus caprichos. Es el derecho de la fuerza, de la conveniencia, de la codicia: Fortitudo nostra, lex justitiae. Es el derecho de David mandando a Urías a la muerte, para arrebatarle a Betsabé; el derecho de Nerón cortando las cabezas de los proprietarios del África para adjudicarse esta provincia.; el derecho de los soberanos del Norte, apoderándose, en el siglo XVIII, de la pobre Polonia, y repartiéndosela a jirones. Su código es bien sencillo: Aparta que voy, y sino…

En esas condiciones, la fuerza ajena, las concupiscencias ajenas, son una amenaza perpetua a vuestros bienes y a vuestra seguridad. Atacan al Papa, porque a través de él, atacan a todas esas otras cosas. Lo podéis tomar como el decimotercer artículo del Credo.

¿Dudáis? Pregunten a los franceses que han vivido hace 70 años, y a los italianos a día de hoy.

En todo tiempo y lugar, los lobos del bosque atacarán al pastor, porque quieren destripar a las ovejas. A pesar de sus hipócritas protestas, los lobos de la Revolución, del socialismo, del comunismo, del derecho nuevo, no constituyen ninguna excepción. Su empecinamiento en contra del Papado debería abriros los ojos, e indicaros que de algo servirá el Papa, incluso desde el punto de vista de vuestros intereses temporales.

En verdad,  cuando vemos a los pueblos y a los reyes de Europa atacar de ese modo el Pontificado, creeríamos estar viendo a una tropa de energúmenos demoliendo el edificio que los alberga a todos, y cayendo aplastados bajo los cascotes.

VII ¿DE QUÉ SIRVE EL PAPA-REY?

Mil voces oigo gritando: “Por cierto que queremos un Papa. Pero es que hay un Papa-Rey, y un Papa-Pontífice. Así como rechazamos al primero, queremos al segundo. Si humillamos al Rey, es para mejor exaltar al Pontífice. El auténtico medio necesario para ver al Pontífice rodeado de amor y veneración está en despojar al Rey de su corona y de sus bienes. Déjennos actuar, y ya verán.”

¿Y qué veremos? Mejor, ¿Qué estamos viendo ya? Lo que vemos, son los ímprobos esfuerzos que realizáis para reducir al Papa-Pontífice a la impotencia, cuando no a la inexistencia. Pero antes de examinar este último punto, veamos por qué el Papa-Rey os desagrada tanto: “¡Ah, me decís, es que sus estados están muy mal gobernados!” “Es que Pío IX, sordo ante nuestros consejos, se obstina en su inmovilismo a pesar del movimiento de progreso universal que le rodea.” “La situación en que se encuentran sus súbditos nos entristece.”

¿Están ustedes seguros de sus afirmaciones? Sinceramente: ¿Por cuál de ellas estaríais dispuestos a dejaros cortar, no digo ya la cabeza o una mano, sino hasta la última falange del dedo meñique? Inglaterra, Francia o Piamonte son a día de hoy, a vuestro parecer, el paradigma mismo de la civilización y del progreso. Con esos felices países, comparáis los Estados del Papa, y exclamáis con gemido: “¡Qué diferencia! Aquí, abusos innumerables, allá, justicia y regularidad en todas partes.”

En los Estados del Papa,

la legislación es sin comparación posible más imperfecta. Mentira

La autoridad menos paternal. Mentira.

La justicia peor impartida. Mentira.

La miseria más profunda. Mentira.

Las finanzas peor administradas. Mentira.

La libertad menos extendida. Mentira.

La instrucción menos perfeccionada. Mentira.

La propiedad menos respetada. Mentira.

Los impuestos más crecidos. Mentira.

La vida más cara. Mentira.

Todas esas mentiras y muchas otras vienen recogidas en dos obras, irrefutables como la misma historia. La primera habla en cifras, y en cifras oficiales: Se llama Roma y Londres. La segunda es del mismísimo embajador de Francia en Roma, el señor De Raynal, a quién, sin duda, no pagaban para hacer la apología de los Estados del Papa.

En un informe diplomático, que no leeréis, este testigo tan competente, y que con tanta autoridad puede hablar, nos dice entre otras cosas: “No dejo de preguntar a todos los que vienen a verme para denunciar esos abusos del gobierno papal. Esa expresión parece palabra de Evangelio. Pero, ¿En qué consisten esos abusos? Eso es lo que aún no he logrado descubrir.

Todas las medidas adoptadas por la administración pontificia llevan el sello de la sabiduría, la razón y el progreso…No hay un solo detalle capaz de fomentar el bienestar, moral o físico, de sus poblaciones, que haya escapado a la atención del gobierno o que no haya sido tratado de manera favorable. En verdad, cuando ciertas personas dicen que el gobierno pontificio forma una administración que no puede tener por fin el bien de su pueblo, el gobierno podría responderle: Estudien nuestros actos y condénennos si os atrevéis.”

Así que sois o engañados, o engañadores. ¡Y que haya católicos capaces de cometer la imprudencia de hacerse eco de tales calumnias! ¿Acaso ignoran que hoy en día la mentira, inventada por unos, y propalada por otros, es más que un arma? Es un auténtico poder, que tiende, como hemos prometido demostrar, a volver al Papa imposible o impotente.

VIII

Imposible: Os preguntáis de qué sirve el Papa-Rey? Nadie lo sabe mejor que vosotros. Si no sirviera de nada, no estaríais atacándolo. La prueba evidente de que sirve a todas las cosas, es que en todo lo atacáis. Vuestra distinción entre el Papa-Pontífice y el Papa-Rey no es más que un engaño. El Papa es la continuación del Hijo de Dios, Pontífice y Rey. En su persona, la unión entre realeza y pontificado es necesaria, para representar ante las generaciones que pasan, al Rey y al Pontífice que no pasa. Originadas en la misma fuente, tienden también al mismo fin. El Rey sirve al Pontífice, igual que el cuerpo sirve al alma.

Radicalmente privado de poder temporal, el Papa es un alma sin cuerpo. Establecido para mandar a seres a la vez materiales y espirituales, ¿Cómo el Papa, alma sin cuerpo, podrá ponerse en relación con sus súbditos? Apóstoles del puro espíritu, resolvednos el problema: Si no, convenid en que no sabéis lo que decís, y de que el primer efecto de vuestras utopías estaría en relegar al Papa y a la Iglesia al mundo angélico, es decir, según vuestra expresión, a la Luna.

Impotente: Habláis de vuestro respeto por el Papa-Pontífice, devenido simple Obispo de Roma. El Papa Pontífice y Rey, es la más alta majestad existente en la tierra .Porque es la personificación visible de la realeza eterna, y eternamente independiente, del Hijo de Dios sobre el mundo. El Papa Pontífice y Rey, es el primero entre los monarcas; el Papa posee, en un grado inaccesible a cualquier otro, el prestigio de la soberanía. Este prestigio es doblemente indispensable, tanto para imprimir, de cerca como de lejos, el respeto hacia los príncipes y hacia los demás hombres, como para conservar, deslumbrante como el sol, el sello de independencia que tan necesario es para que la palabra pontificia pueda expresarse libremente.

Tal es el augusto carácter con el que se nos presenta el Papa-Rey. ¡Pero ni esto es suficiente para conseguir vuestro respeto y vuestra obediencia! ¿Qué digo? ¡Aún os atrevéis a prodigarle desprecios e injurias!

Es por culpa, decís, de su realeza. ¡Ah, si ya no fuera Rey! ¡Cómo lo rodearíamos de respeto! Fielmente traducido, este discurso significa: Cuando el Papa haya descendido de las alturas en que lo elevaron tanto la Sabiduría de Dios como el respeto de todo el Universo; cuando, en lugar de ser el primero de los soberanos, y ni siquiera sea Rey, sino súbdito; cuando ya no tenga órganos oficiales con que pueda comunicar sus órdenes a los príncipes y a los pueblos, ni representantes acreditados para defender los intereses de la religión en el mundo entero; cuando su palabra solitaria, sin protección legal, pueda ser cada día desnaturalizada, truncada, traducida a contra-sentido por una prensa hostil; cuando en fin, ya no se hable del Papa, sino que sea permitido a cualquiera injuriarlo impunemente: Entonces caeremos de rodillas, respetuosos como los primeros cristianos, y obedientes cual candorosos novicios.

Sólo os queda una cosa: Que os crean.

IX

Obtendremos, añadís, el fin del poder temporal del Papa, porque somos católicos hasta el fondo de nuestras entrañas, e incluso, sin exagerar, más católicos que el Papa. Si pedimos la supresión del poder temporal, es para liberar el poder espiritual, haciendo de este modo al Papa más libre y devolviendo a la Iglesia a su perfección primitiva. Jesucristo nació en un establo; nunca poseyó nada; declaró que su reino no era de este mundo. San Pedro no tuvo más que su barca y su cayado. Los primeros Papas fueron tan pobres como él. En vez de en un palacio, vivían en las catacumbas. ¿Hay algo más hermoso?

Todo esto es verdad. Pero igualmente verdad es, siguiendo vuestras habituales teorías sobre el origen de las sociedades, que hubo un tiempo en que los reyes vivían de bellotas como sus súbditos; en que por palacio no tenían sino cabañas de palos y hojas, por equipaje sus pies desnudos, y su propia piel por manto real. ¿Hay algo más perfecto? Pues empezad por revivir, en pleno siglo XIX, tan feliz estado de santa naturaleza; entonces, ya hablaremos de devolver la Iglesia a lo que llamáis los bellos días de su perfección primitiva.

Mientras esperamos, de la comparación que establecéis entre el pasado y el presente, concluís a favor de la legitimidad, e incluso la utilidad, de la expoliación del Papa. Sed consecuentes y añadid a las Letanías: San Mazzini, San Garibaldi, San Victor-Manuel, grandes bienhechores de la Iglesia, rogad por ella y por nosotros.

Vayamos al fondo del asunto: O creéis en vuestro bello razonamiento, o no creéis en él. Si es que no, ¿Por qué habláis? Y si de verdad lo creéis, no sólo no sois católicos, es que no sois ni cristianos. Decís que el temporal no es ni necesario ni útil a la Iglesia; incluso que es contrario a su perfección y un obstáculo a vuestra salvación. La Iglesia afirma exactamente lo contrario. Así que se manifiestamente, se equivoca. Si la Iglesia se equivoca, es el mismo Hijo de Dios el que se equivoca, Él, que ha prometido estar con Su Iglesia enseñante y actuante todos los días, hasta la consumación de los siglos.

Decimos la Iglesia, repito, porque os desafiamos a que citéis un solo Papa que haya compartido vuestra opinión, o un solo obispo verdaderamente católico que no piense como el Papa. ¿Quiénes sois pues para rebelaros contra tal autoridad y querer con ello destruir el Papado, tal como Dios y los siglos la han plasmado? ¿Quienes sois para acusar a la Iglesia o bien de no haber entendido las palabras y los ejemplos de su Fundador, o de haberlos despreciado de la más indigna de las maneras? ¿Quiénes sois para decirle al Vicario de Cristo: Sabemos mejor que vos lo que conviene a la religión, y lo que no le conviene? ¿Qué espíritu es el que os anima cuando os atrevéis a declarar que el Padre del mundo cristiano es un cabezudo, un ingrato, incapaz de gobernar sus pueblos? ¿De dónde venís? ¿Quién os envía? Reformadores, ¿Qué milagros acreditan vuestra misión? ¿Dónde está vuestro mandato? ¿De quién es la firma que lo autoriza? Fuera máscaras, que al menos por una vez, se os vea el rostro.

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3 Es decir, que no proviene de ese mundo, regnum meum non est hinc. Saca su existencia, su legitimidad, su fuerza, no del derecho de conquista, nacimiento u elección, sino de Dios. Ego autem constitutus sum rex ab eo. ¿Por qué Nuestro Señor y sus Vicarios no han ejercido los derechos de la realeza temporal? Esa cuestión nos llevaría demasiado lejos.

                             X ¿POR QUÉ ODIAN AL PAPA-REY?

Vaciláis: Pero si vuestra boca se mantiene muda, vuestros actos hablan. ¿Y qué dicen? Dicen que a pesar de vuestras melosas palabras acerca de vuestro respeto por el Papa-Pontífice, y de amor por lo espiritual, está claro que no amáis más al Papa-Pontífice que al Papa-Rey. Dicen que aun pretendiendo afectar sólo a lo temporal, ya habéis malbaratado lo espiritual. ¿Quién es el que hoy ataca el poder temporal del Papa, sino aquellos que por sus escritos no menos que por sus actos, declaran manifiestamente que aún les importa menos lo espiritual? Vamos a poner en claro lo que queréis: Queréis libraros de ese anciano que os estorba. Querríais aniquilar el Papado porque sabéis que jamás transigirá con vuestras doctrinas. Y como sabéis que eso no es posible, pretendéis al menos encadenarlo y debilitarlo.

Cuando, bajo el pretexto de la unificación italiana, tengáis encerrado al Papa en su cárcel vaticana, y hayáis establecido alrededor de su morada una frontera piamontesa; cuando ningún correo, llegado de los cuatro ángulos del mundo católico, pueda llegar al Santo Padre sin pasar por el control de los agentes piamonteses, y que ninguna respuesta pueda pasar sin sufrir el mismo control; cuando en fin, hablando claro, el Vicario de JesuCristo se haya convertido en huésped de Víctor-Manuel, con Mazzini de mayordomo y Garibaldi de portero: Entonces, se habrá concluido el proyecto.

Habréis logrado que Pío IX se vea en la imposibilidad de gobernar la Iglesia, como se vio Pío VII, cautivo en Savona. Reducido a tal estado, entonces, por fin, concedemos, se os verá, cual soldados de Pilatos, doblar la rodilla ante el Vicario de JesuCristo, despojado y atado como su maestro, diciéndole mientras lo abofetean: Salve, Rey de las conciencias. Ave, Rex Judaeorum.

¡He aquí lo que queréis! ¿Durante cuánto tiempo os satisfará ese sacrílego juego? ¿Quién podrá responder? Tres cosas sin embargo son ciertas: El Calvario no está lejos del Pretorio; san Pedro fue crucificado en el Vaticano, y algunos años después del deicidio, el emperador Tito ponía sitio alrededor de Jerusalén, de la que no quedaría piedra sobre piedra.

En cuanto a vosotros, católicos, podéis considerar el futuro con mirada firme y corazón tranquilo. Los enterradores dormirán en la tumba que cavaron para vosotros. Mientras, a todos los sofismas que se acumulan, contestad: “Soy hijo de la Iglesia. Con todos los siglos católicos, creo lo que cree el Santo Padre; apruebo lo que él aprueba; condeno lo que él condena, ni más ni menos. Sobre esta almohada de los santos y los mártires, duermo en paz: In pace in idipsum dormiam et requiescam.

Lo vemos, nadie en el mundo tiene tanta influencia en el mundo como el Papa, y el Papa-Rey. Que desaparezca, y su ausencia dejará un vacío que jamás podrá ser llenado. Jefe de la Iglesia, sol del mundo, clave de bóveda de la sociedad, órgano de todos los deberes, protector de todos los derechos; si se cae, todo cae con él, y baja al abismo sin fondo.

Esa es la respuesta a esa pregunta: ¿De qué sirve el Papa, y sobre todo, el Papa-Rey?

XI. ¿POR QUÉ EL PAPA SIRVE PARA TODO?

El Papa sirve para mantener todas las cosas en su ser, y es todo lo que acabamos de decir, no por ser un hombre, sino porque es el Papa. El hombre es como un billete de banco. Por sí mismo, ese billete no vale nada, no es más que un trozo de papel. Pero el billete vale por lo que representa. Así ocurre con el hombre que llamamos Papa.

   ¿Qué vale el Papa? Lo que representa.

   ¿Y qué representa? A Dios mismo.

Depositario escogido por Dios, y depositario único, en él se concentra todo lo que en el orden moral es Dios para el mundo civilizado. Para el mundo civilizado, Dios lo es todo: Religión, sociedad, familia, derecho, justicia, dignidad, libertad, seguridad. El Papa es todo eso.

Vicario de Dios, todos estos tesoros salen del Papa como el calor y la luz lo hacen de un horno incandescente. Como la sangre sale del corazón y lleva la vida a todas las partes del organismo. Por el Papa, esas fuerzas elementales son puestas en acción, mantenidas en armonía, aplicadas en la medida conveniente, según los climas, los tiempos y personas. Lo que todos los seres deben decir del Creador, los principios civilizadores de las naciones cristianas pueden decirlo del Papa. En él tenemos la vida, el movimiento y el ser: In ipso enim vivimus, et movemur, et sumus.

Suprimid el Papa, y el divino billete de banco se rompe. El valor que representaba desaparece. Las transacciones necesarias entre el poder y el deber, se hacen con el papel-moneda de los cambios políticos, expedientes efímeros, pagarés sin garantía, que para tener curso, necesitan de los proyectiles de los cañones, o de los adoquines de las barricadas. Queda pues de manifiesto que atacando a Pío IX, no es al hombre a quién se ataca, sino al Papa. Y atacando al Papa, se está atacando a Dios mismo, tal y como Él se ha dado a Sí mismo a favor de la humanidad cristiana, y por ello constituyó al Papa en medio de ella para elevarla hasta Él.

   Una vez derribado el Papa, debemos repetirlo, la idea soberana de un Dios redentor, de un Dios civilizador, se convierte en letra muerta, para ir pronto a perderse en la polvareda de la duda, y acabar en la nada de la negación universal, con todas sus consecuencias. 

A la luz de estas verdades fundamentales, podemos medir la enormidad del atentado que se comete a día de hoy.

XII   ¿POR QUÉ SE VE EL PAPA TAN ABANDONADO?

Estando así las cosas, parecería que bajo el cielo de Europa, no deberíamos encontrar ni un solo hombre, ni una sola mujer que no tomase partido por el Papa, por el Papa-Rey, lo mismo que por el cristianismo, la civilización, su dignidad personal, su libertad, su fortuna, o su seguridad.

Muy otra es la realidad. El Vicario del Hijo de Dios, como otrora el mismísimo Hijo de Dios, está siendo traicionado por los unos, y abandonado por los otros; Relicto eo, omnes fugerunt. El vacío se ha establecido en torno suyo, y recorre su Vía dolorosa en medio de la indiferencia de las naciones.

De esa monstruosa indiferencia, siniestro presagio de inimaginables catástrofes, ¿Cuál es la causa? Que no se ama lo que no se conoce. ¿Y qué hay que sea menos conocido que el Papa, incluso entre los católicos? Del Papa, saben que es el Jefe de la Iglesia, que instituye a los obispos, y que canoniza a los santos.

Pero el lugar que ocupa el Papa en el mundo; la obediencia filial que le deben los reyes y los pueblos, la influencia indispensable de su acción, tanto en el orden temporal como en el espiritual, ; los inmensos beneficios de los que permanece deudora la humanidad, la independencia necesaria de su Sede; de todo esto, ¿Qué saben las generaciones modernas? Nada.

¿De quién es la culpa? Aun a riesgo de cansar ciertos oídos, no nos cansamos de proclamar la verdad. Nos dirigimos a todos los que han hecho sus estudios clásicos, y han modelado la sociedad a su imagen, y les preguntamos si han tenido jamás entre las manos un solo libro griego, latino, francés histórico, científico, filosófico u otro, que responda seriamente, verídicamente, a esta pregunta fundamental: ¿De qué sirve el Papa?

¿No puede decir cada uno de nosotros, con toda verdad?: “Nos sabemos de memoria las funciones de los diversos dioses paganos, las luchas entre patricios y plebeyos, las decisiones más o menos importantes del senado y del areópago; los dichos, gestos y hechos de Alejandro, de César, Sócrates o Cicerón.

Pero de la necesidad social del Papa, de las luchas heroicas de los Papas a favor de la libertad de los pueblos, de los beneficios ocasionados por los Papas, de las victorias de los Papas sobre la fuerza bruta y sobre la barbarie, de la altísima sabiduría de los Papas en el gobierno del mundo; ¿Quién nos habló jamás?

Toda nuestra educación clásica, histórica, jurídica, política, a veces hasta teológica, es indiferente, cuando no hostil al Papado. ¿Y nos extrañará que frente a nuestros enemigos, nos hallemos indiferentes, mudos y desarmados? Somos lo que de nosotros han querido hacer. Si somos culpables, más culpables son aquellos que nos han hecho como somos”.

XIII. SOLEMNES AVISOS.

En medio de estas lamentables disposiciones, cuya responsabilidad pesa con más fuerza sobre aquellos que menos piensan en ello, ¿Qué hace el Santo Padre?

Humillado, repleto de insultos, amenazada su libertad, quizás hasta su vida, se dirige a todos y a cada uno, a los reyes como a los pueblos; y, en forma de supremo adiós, les dice estas palabras de Jeremías, verdaderamente apropiadas a las circunstancias: “He aquí que estoy en vuestras manos; haced de mí lo que os plazca. Pero sabedlo bien: Si me insultáis, si atentáis a mi libertad o a mi vida, atraeréis a todas las venganzas del cielo sobre vuestras personas, sobre vuestros reinos y todos sus habitantes: Porque yo soy el verdadero lugar-teniente de Dios, el órgano de Sus voluntades, el depositario de Sus derechos.”

¿Le creerán? Quizás. De lo que no cabe duda, es de que el mundo pasará, pero que las palabras de la Verdad Eterna no pasarán. Lo mismo que sus predecesores, los enemigos actuales del Pontificado serán destrozados cual tinajas de barro, y cuando la Revolución haya esparcido sus restos a los cuatro vientos, el Papa, único superviviente entre todas estas potestades, seguirá repitiendo, en medio de las ruinas de las cosas humanas, el cántico de su real inmortalidad: Et portae inferi non praevalebunt..

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